El pasado agosto, Miguel y Daniel Oury regresaron del Pamir tras una expedición al Pico Lenin (7.134 m) cuya estrategia de aclimatación desarrollaron apoyados con una IA con la que compartían sus datos biométricos. Miguel llegó a cima el 1 de agosto, mientras que Daniel, con una afección gastrointestinal a cuestas, tuvo que dar la vuelta a solo 700 metros de la cumbre
El 1 de agosto de 2026, mientras la mayoría de cordadas que se encontraban en el Pico Lenin ya llevaban entre cuatro y seis horas de ataque a cima, Miguel y Daniel Oury partían del campo 3 para alcanzar los 7.134 m de este icónico pico de la cordillera del Pamir.
Horas más tarde, Miguel regresaba de la cumbre habiendo invertido 7,5 horas en subir y bajar desde el Campo 3. Su hermano gemelo, Daniel, se dio la vuelta a 700 metros del objetivo, con un cuadro de diarrea y vómitos que resultaría ser una infección por Giardia intestinalis.
Entre ambos hechos hay un hilo común que empezó a tejerse meses antes, muy lejos del Pamir: una tienda de hipoxia normobárica montada en casa y un sistema de inteligencia artificial al que fueron entregando, noche tras noche, sus datos biométricos.
Once semanas de preparación registrando cientos de datos
La preparación específica de la expedición arrancó a finales de abril de 2026, con el vuelo ya fijado para el 14 de julio. Once semanas de plan: volumen aeróbico en zona baja , porteos con carga, trabajo de cadera y, por encima de todo, aclimatación. Pero cada hermano llegó a ese punto de partida desde un lugar distinto. Miguel venía de un bloque de volumen iniciado a principios de año, tras la temporada de esquí de montaña y con una base de trail running de fondo. Daniel arrastraba una cirugía de cintilla iliotibial de diciembre de 2025, así que buena parte de esas semanas fueron también de readaptación.
La decisión de sumar una máquina de hipoxia a la preparación fue, según explican, tan pragmática como técnica: "Por estrategia, tiempo y dinero. Queríamos llegar al Pamir con parte del trabajo hecho, para acortar la aclimatación inicial y reducir el riesgo de mal de altura". Investigaron el modelo "vivir alto, entrenar bajo" (LHTL, por sus siglas en inglés) y compraron un generador de hipoxia normobárica.
Lo que siguió fue dormir dentro de la tienda cada noche, entre 7 y 8 horas, durante unas seis semanas repartidas en dos bloques. Empezaron a finales de mayo a 2.500 metros simulados y fueron subiendo por escalones —2.800, 3.100, 3.600…— hasta situar su cota habitual, tras el paso por los Alpes, entre los 4.100 y los 4.570 metros, con alguna noche puntual cerca de los 5.000. La regla era estricta: subir de escalón solo tras dos o tres noches limpias, y nunca hacerlo con la variabilidad cardíaca cayendo. El techo se fijó en 4.500 metros, "porque por encima, el sueño se destruye y el balance riesgo-beneficio se vuelve negativo", argumentan.
Para adquirir los datos, se apoyaron en un anillo pulsioxímetro – que les daba una lectura cada cuatro segundos -, un sensor de CO₂ y un reloj Garmin, cuya información se descargaban cada mañana. Y aquí es donde entró en juego el papel de la tecnología, puesto que generaban tantísimos datos cada noche – saturación segundo a segundo, pulso, CO₂, fases del sueño, etc. – que era imposible analizar todo a diario con rigor. La IA les permitía obtener un análisis completo de la noche saturación media, mínimos, minutos por debajo del 80%, tendencia, variabilidad, frecuencia cardíaca, etc.
“Queríamos decisiones basadas en evidencia, no en sensaciones. Y también curiosidad… No conocíamos a nadie que hubiera aclimatado así y quería ver hasta dónde llegaba”, relatan.
Aun así, no toda la aclimatación la hicieron en casa. “Fue clave la altitud real”, afirman. Primero el Pirineo, con la Pica d'Estats (3.143 m) y un vivac en el Garmo Negro. Después, entre el 25 y el 29 de junio, el bloque del Monte Rosa: Rifugio Mantova (3.498 m), Capanna Margherita (4.554 metros) y Rifugio Gnifetti (3.647 m).
Con esto, perseguían tres aspectos: “el estímulo de altitud real, que no es igual que la hipoxia normobárica de casa; validar si la tienda estaba funcionando, comparando los mismos datos a la misma cota; y dormir alto de verdad tres semanas antes del Lenin”.




Analizar los datos en la montaña
Ya en el Pamir, la rutina se mantuvo casi idéntica a la de casa, volcando los datos que obtenían cada noche y obteniendo una respuesta en forma de semáforo cuya luz verde indicaba subir, ámbar, consolidar y rojo, bajar. Aunque, lejos de una relación de obediencia ciega, Miguel y Daniel Oury explican que “la IA no decidía”, sino que analizaba y proponía. “La decisión final era nuestra, y, en la montaña, también del guía y del médico de la expedición”, explican.
Lo que sí aportó, dicen, fue quitar la intuición de la ecuación en los momentos de duda. "Cuando el cuerpo dice 'sube' y los datos dicen 'espera', los datos suelen tener razón. Pero en la montaña hay cosas que ningún dato mide —la meteorología, el terreno, cómo te ves de verdad— y ahí manda la experiencia". Aseguran que no estaban “obsesionados con ellos”, sino que lo veían más bien como "el consejo de un sabio".
De cara al futuro, ambos coinciden en que repetirían la experiencia con algunos pequeños ajustes y limitando su función a lo que ha demostrado valer: “analista de datos y sistema de alerta temprana, no piloto. La decisión sigue siendo humana”.
Día de cumbre: dos escenarios diferentes
La estrategia de ataque a cima partió de que las noches eran muy frías y ventosas, y la previsión de la meteorología durante las horas de sol era más estable. Por eso, mientras el grueso de las cordadas salía entre las diez de la noche y la una de la madrugada, su grupo salió sobre las 4:30, para reducir las horas de exposición al frío más duro.
“En la primera subida, que es precisamente donde superas el mayor desnivel, mis compañeros se iban parando para tomar aliento y yo me encontraba bien para no parar. Casi al final de esa pendiente decidí que tenía que seguir mi propio ritmo y lo medí con las pulsaciones, siguiendo la idea de no pasar de 120 para moverme por debajo de mi umbral aeróbico. A partir de ahí empecé a adelantar cordadas una tras”, rememora Miguel.
Así continuó el ascenso para Miguel, quien, a 200 metros de la cumbre, recuerda estar muy emocionado. “Solo tenía ganas de llorar. Llevas meses pensando en subir ahí. Todo tu entrenamiento, nutrición, descanso y energía van encaminados a eso. Además, cuando te resulta duro y difícil, se mezcla todo y te emocionas”, recuerda.
Por su parte, Daniel vivió una experiencia diferente tras pasar varias noches con diarrea y vómitos que le obligaron a bajar del Campo 2 al Campo 1 y volver a subir tres días más tarde. El día de cima, nada más salir, ya sintió que algo no iba bien. "No esperaba haber dormido bien, pero es que me levanté increíblemente peor que el día anterior. El cuerpo no respondía igual y el cuadro gastrointestinal se agravaba. Me quedé el último, con una debilidad tremenda e iba muy lento, como si estuviera en el cuerpo de otra persona. Así que, pese a lo duro que fue, lo mejor en ese momento era renunciar”, relata.
El desenlace llegó ya en España a finales de agosto: Giardia intestinalis. "Lo que me tumbó en la montaña no era un virus ni una comida en mal estado. Era un parásito que probablemente cogí del agua y que llevaba dentro desde antes del ataque a cima". Daniel se encuentra en tratamiento, ya entrenando de nuevo, con el objetivo de volver a la gran altitud mejor de lo que fue.




Una cumbre y una vuelta, la misma disciplina
Lo que deja esta expedición no es tanto un algoritmo tomando decisiones por dos alpinistas, como ellos mismos se encargan de aclarar, sino meses de datos y de correcciones entre humanos y sistema, aplicados a un objetivo tan exigente como el Pico Lenin. Miguel llegó arriba con un ritmo que le valió adelantar a otras cordadas. Daniel se quedó a 700 metros, escuchando a su propio cuerpo antes que a la cima, y ha vuelto con la certeza de que lo que le frenó no fue una falta de preparación, sino un parásito que ni la mejor tabla de datos podía haber anticipado del todo. Los dos coinciden en algo: la tecnología ayudó a ver mejor lo que ya estaba pasando en su cuerpo, pero la decisión, en cada punto de inflexión, siguió siendo suya.






